La Albirroja tuvo las primeras oportunidades y parecía estar más cerca del gol, pero el fútbol volvió a demostrar que no siempre premia al que más insiste. Un error de Damián Bobadilla abrió la puerta para que Folarin Balogun firmara una noche inolvidable y guiara a Estados Unidos en su estreno mundialista.
El fútbol no siempre premia al que golpea primero. A veces, simplemente sonríe al que sabe esperar. Paraguay salió al SoFi Stadium con la intención de arruinar la fiesta del anfitrión, avisó una y otra vez sobre la portería estadounidense y estuvo a centímetros de adelantarse en el marcador. Sin embargo, cuando la Albirroja todavía lamentaba las ocasiones desperdiciadas, Estados Unidos encontró oro en el primer regalo de la noche y construyó una ventaja que terminaría siendo definitiva.
Los primeros minutos fueron enteramente paraguayos. Los hombres de Gustavo Alfaro se plantaron en campo rival con personalidad, encontraron espacios y pusieron a trabajar a la defensa norteamericana. El gol parecía cuestión de tiempo, pero la puntería decidió mirar hacia otro lado. El dominio sudamericano no encontraba recompensa y el reloj comenzaba a convertirse en un enemigo silencioso.
Entonces llegó el punto de inflexión. Damián Bobadilla, uno de los hombres llamados a dar equilibrio en el centro del campo, cometió un error en salida que terminó siendo una invitación imposible de rechazar para los estadounidenses. El anfitrión, que hasta entonces había sufrido más de lo esperado, encontró la ventaja en su primera gran aproximación y transformó la incertidumbre en confianza.
A partir de ahí, el partido cambió de dueño. El gol desató a Estados Unidos y obligó a Paraguay a remar contra corriente. La selección de las barras y las estrellas comenzó a encontrar espacios y a jugar con la ansiedad de una Albirroja que veía cómo su buen inicio se esfumaba sin premio alguno.
Al minuto 31 apareció Folarin Balogun. El delantero estadounidense encontró el espacio necesario para aumentar la ventaja y desatar la euforia en las tribunas. El 2-0 era un golpe demasiado duro para una selección paraguaya que había merecido más durante buena parte del primer acto.
Pero el castigo todavía no había terminado. Cuando el descanso ya asomaba y Paraguay buscaba llegar con vida al entretiempo, Balogun volvió a aparecer. En el tiempo añadido del primer tiempo, el atacante estadounidense firmó su doblete personal y puso el 3-0 en el marcador, una diferencia tan amplia como cruel para el conjunto sudamericano.
Con el partido cuesta arriba, Paraguay no bajó los brazos. Lejos de resignarse, el combinado dirigido por Gustavo Alfaro mantuvo la intensidad y buscó descontar para maquillar un resultado que no reflejaba del todo las sensaciones del encuentro.
La recompensa llegó al minuto 73. Maurício Magalhães Prado encontró el espacio que tanto había buscado la Albirroja durante toda la noche y mandó el balón al fondo de las redes para establecer el 3-1. El tanto despertó a los aficionados paraguayos presentes en el estadio y recordó que el conjunto guaraní seguía con vida, aunque el tiempo jugaba ya en su contra.
El tramo final dejó a Paraguay buscando una remontada épica y a Estados Unidos administrando una ventaja construida a base de eficacia. Porque si algo dejó claro este encuentro es que los Mundiales no siempre se ganan desde la superioridad, sino desde la contundencia. La Albirroja acarició el gol cuando el partido era suyo, pero terminó pagando cada error con una dureza extrema.
Estados Unidos, impulsado por su gente y por una noche brillante de Folarin Balogun, dio el primer golpe en el Grupo D. Paraguay, en cambio, se marchó con la amarga sensación de haber visto cómo el fútbol le daba la espalda cuando mejor estaba jugando.
El Mundial no perdona
Los guaraníes enseñaron los dientes, dominaron el comienzo y tuvieron ocasiones suficientes para cambiar la historia. Sin embargo, en las Copas del Mundo no basta con merecer. Cuando el balón decidió entrar en una portería y no en la otra, Estados Unidos encontró la tranquilidad y Folarin Balogun se encargó de convertir una noche de dudas en una fiesta para el anfitrión. El delantero firmó un doblete para encaminar la victoria estadounidense y, cuando el encuentro agonizaba, Giovanni Reyna puso la cereza en el pastel con un cuarto gol que selló la goleada en el estreno mundialista. Porque en los Mundiales, perdonar suele ser el pecado más caro.

Periodista deportiva
