Más allá de lo pasional, más allá de lo irracional, el derbi fue cerebral y se jugó y se ganó en la pizarra y en los banquillos
El verde y el rojo simbolizan caminos opuestos: lo correcto y lo erróneo, la victoria y la derrota. Dos pigmentos con connotaciones antagónicas. Algo parecido sucedía en Sevilla. En la capital hispalense esos colores no son conceptos: son escudos tatuados en el corazón, barrios donde no se habla de otra cosa y risas nerviosas que delataban que era día grande.
El Ramón Sánchez Pizjuán albergaba hoy una de las citas más bonitas de todo el fútbol mundial, más de 40.000 gargantas tratarían de llevar en volandas al equipo local. Por parte del conjunto bético, 600 valientes cantarían, gritarían y sufrirían por todos aquellos que, cerveza en mano, tenían sus retinas pegadas a una pantalla como si su cercanía al televisor se tradujera en un mejor juego de los de Pellegrini.
A diferencia de otros encuentros, el derbi sevillano no comienza el día del partido, ni siquiera el día anterior, todo arranca semanas antes, con mensajes punzantes entre amigos, conversaciones aplazadas entre familiares y fanfarronerías varias que el miedo a perder va apaciguando conforme se acerca la fecha señalada.

Tras los corteos, los tifos y los cánticos, Munuera Montero dio el pistoletazo de salida a la gran cita. Ambos conjuntos se querían erigir como dominadores del esférico, lo que provocó numerosas pérdidas de balón. La presión del Betis comenzó a surtir efecto, obligando a Vlachodimos y a sus zagueros a golpear en largo y tratar de ganar las segundas jugadas.
La pelota no terminaba de circular con fluidez por parte de ninguno de los dos conjuntos, pero el Betis estaba más sólido con y sin balón y encontraba con mayor facilidad a sus hombres diferenciales en el último tercio del campo. El partido estaba condicionado por las continuas disputas, opacando así la calidad individual de los futbolistas de ambos conjuntos.
Como no podía ser de otra manera, teniendo en cuenta el plan de partido de ambos conjuntos, la primera gran ocasión llegaría en una transición defensa-ataque. Abde atacaría el espacio con la frescura que le caracteriza, pero su premura hizo que la pelota no se le quedase cómoda para la definición y el guardameta del Sevilla pudo repelar el envío.
Con los equipos sobre el verde tras el descanso se comenzó a ver un fútbol que nada tenía que ver con lo presenciado hasta el momento. El Sevilla comenzó a desmelenarse, pero su desenfreno duró poco ya que la gran presión bética y la calidad exquisita de Fornals dinamitaron el plan de partido de Almeyda.

Tras el gol verdiblanco, el Sevilla comenzó a vagar tratando de encontrarse y priorizando el ímpetu al orden. El Betis evolucionó con balón, buscando adormecer el volcán activo en el que se estaba convirtiendo el encuentro. En busca de esas solidez ingresó en el campo Altimira, que lejos de aportar frialdad y raciocinio, tiró de corazón para quitar las telarañas de la red sevillista y poner tierra de por medio en el partido.
El conjunto de Manuel Pellegrini se readaptó una vez más para compactar su bloque, sin renunciar al ataque. El Sevilla comenzó a chocar contra un muro y, posteriormente, tener que realizar esfuerzos largos para sellar los huecos generados a su espalda.
La ansiedad y el nerviosísimo se apoderaron del conjunto local, llegando a su punto álgido en la expulsión de un Isaac Romero completamente desquiciado. La clave de esta victoria táctica y mental por parte del conjunto verdiblanco fue la no renuncia a la salida limpia de balón, pese a tener el viento a favor.
La puntilla para el Sevilla vino en forma de parón por lanzamiento de objetos, un bochorno completo que fue desde el césped al palco, pasando por la grada.
Director de Agente Libre.
«La pelota no se mancha».

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